La evidencia actual nos muestra que las relaciones personales pueden actuar en dos direcciones: por un lado protegiéndonos, si son de calidad, de muchos problemas emocionales o pueden aumentar el riesgo de padecerlos si, por desgracia, no disponemos de ellas.
Y es que la falta de vínculos personales constituye un importante factor de riesgo para el desarrollo de problemas de ansiedad. Del mismo modo, la soledad no deseada aumenta significativamente la vulnerabilidad frente a la ansiedad y la depresión.
Pese a que la tendencia actual es a vivir cada vez más aislados nuestra naturaleza es social y afectiva y necesita de vínculos para desarrollarse plenamente y estar sano. Como profesionales vemos el aumento de la soledad y la falta de amigos y relaciones íntimas, especialmente en los más jóvenes, con enorme preocupación por que son un factor importante en nuestra salud.
Ahora veremos cuales son los mecanismos que la psicología y la biología plantean como base de sus efectos y algunos factores biográficos que pueden explicar las dificultades y la relación entre la ansiedad y relaciones personales a lo largo de las distintas etapas de la vida:
Veamos el efecto biológico del vínculo:
Un bebé sin un adulto que le cuide y le muestre afecto no se desarrolla adecuadamente. Lo vemos en niños que han crecido en entornos como orfanatos con pocos cuidados. Puede llegar a ser tan intenso el efecto que puede provocar problemas en el desarrollo físico, como en el tamaño, siendo más pequeños si los comparamos con niños de la misma edad o incluso tener dificultades serias de aprendizaje. Un bebe necesita tanto abrazos y contacto emocional como alimentarse para desarrollarse plenamente.
Esto nos muestra la naturaleza afectiva y lo imprescindible que es para nuestro desarrollo pleno el afecto y el contacto físico. Los trabajos sobre el apego, nos ayudan a comprender el funcionamiento humano y su afectividad. El modo y la sincronía en que se produce la danza adultos-bebés y la capacidad de dar seguridad y afecto en los primeros años de vida mapea y transforma la naturaleza original que nos proporciona nuestra genética y biología y deja una profunda huella, para bien o para mal, en las personas.
También sabemos que existen determinadas pautas de crianza que pueden afectar a nuestra manera de relacionarnos: la sobreprotección por una parte y la falta de disponibilidad o seguridad por parte de los cuidadores por otra, que es a lo que llamamos los profesionales un apego inseguro y que puede provocar ya en la edad adulta que dudemos de los sentimientos de las personas que nos rodean, como un amigo o pareja, y que estemos en guardia y ansiosos por temor al abandono , y hasta puede que nos haga exigir que el otro siempre esté disponible para nosotros dificultando enormemente las relaciones íntimas.
En el caso de la sobreprotección, que podemos definir como el hecho de haber crecido con padres que siempre se anticipan y resuelven nuestros problemas, la consecuencia es una bajísima tolerancia a la frustración con la consiguiente dificultad para regular las propias emociones y tolerar los conflictos y las decepciones que son parte fundamental de las relaciones personales. Sean estas con amigos , pareja, compañeros, familiares….
En la adolescencia, que es cuando comienza nuestra relación individual con el mundo, el grupo de iguales pasa a ser el verdadero grupo de referencia y el grado de éxito percibido en él es algo que impacta profundamente en el autoconcepto. El “éxito” social es muy importante a estas edades y la falta de amistades íntimas pueden acabar por influir mucho en el bienestar y la autoestima.
En la edad adulta el contacto afectivo con los padres, hijos, amigos o con la pareja, que podemos usar como ejemplo ya que suele ser el más intenso de los vínculos, actúa como un auténtico regulador biológico de la ansiedad y el estrés proporcionando bienestar y seguridad a través del contacto físico, la presencia y la disponibilidad emocional. La relación íntima provee de calma y seguridad a la persona, como si fuera un refugio que permite recuperarse en un entorno no exigente en el que podemos, al fin, bajar la guardia. El cariño, las caricias recargan nuestras pilas y nos dan seguridad y calma.
Cuando el vínculo falla o se rompe se produce también un efecto muy poderoso activando los circuitos de alarma que comparte con la ansiedad que se mantiene un largo tiempo. Es decir que una ruptura genera una reacción de alarma que persiste un largo tiempo y podemos considerar normal. De hecho las personas recién separadas suelen tener mayor probabilidad de padecer problemas emocionales.
Otros fenómenos que también afectan nuestra manera de ver y vivir las relaciones personales son los profundos cambios que se han producido en la forma de establecer relaciones de pareja retrasándose por un lado la edad de inicio y diversificándose en sus formas hacia modelos que son satisfactorios para los jóvenes que los practican pero que no se parecen mucho a los modos en que otras generaciones se relacionaban. Y sin embargo sabemos que ahora hay mucha más soledad reportada en la juventud y una cierta dificultad percibida a la hora de relacionarse. Pero también sabemos que, a la vez, hay una diversidad mucho mayor de formas de relacionarse.
Desde el punto de vista social podemos decir que la cultura del rendimiento y la eficiencia también ha llegado a las relaciones personales de tal modo que nos hace evaluar las relaciones personales en términos de coste/beneficio o de si valen la pena o no para el esfuerzo que suponen. Esto, a la larga, hace muy difícil las relaciones duraderas ya que todas pasan por fricciones y dificultades. Todas pasan por sus malos momentos: si solo queremos buenos momentos porque los malos no nos valen la pena, lo más probable es que ninguna relación íntima aguante tal exigencia.
Como ves las relaciones personales no solo actúan como contexto de nuestra vida sino también pueden ser causa de ansiedad o bien un importante recurso para regular las emociones y el estrés cotidiano.
White, S. J., Sin, J., Sweeney, A., Salisbury, T., Wahlich, C., Montesinos Guevara, C. M., Gillard, S., Brett, E., Allwright, L., Iqbal, N., Khan, A., Perot, C., Marks, J., & Mantovani, N. (2024). Global prevalence and mental health outcomes of intimate partner violence among women: A systematic review and meta-analysis. Trauma, Violence, & Abuse, 25(1), 494–511.