La ansiedad es una función de nuestra naturaleza que nos ayuda a responder al mundo, que compartimos con otros mamíferos, y que consiste básicamente en prepararnos ante un posible riesgo o resultado incierto. Nos prepara y energiza ante posibles dificultades que pueden aparecer en el futuro.
Para conseguirlo nuestro organismo reorganiza su energía apagando unas funciones y encendiendo otras: la digestión, el deseo sexual, la concentración disminuyen casi por completo para dejar espacio y energía a la vigilancia, la planificación y el estar preparado físicamente para reaccionar. Todas estas respuestas, como puedes ver, que encienden el organismo y le ponen en guardia.
Esas respuestas de nuestro cuerpo, si no las interpretamos adecuadamente, pueden multiplicarse y alimentar más aún la alarma y el malestar. Recuerda que tu cuerpo está preparándose para un peligro potencial que, de algún modo nuestra mente le está señalando. No lo hace porque sí.
La mente, que nos permite anticiparnos a lo que va a suceder muchas veces se equivoca ya que lo hace con hipótesis, con teorías propias que, en muchos casos, no suelen suceder como las habíamos imaginado o anticipado. Ideas que, por desgracia, suelen estar muy influidas por nuestros miedos e inseguridades.
La ansiedad tiende, en general, a amplificar los riesgos y centrarse en las posibilidades negativas. Solo ve el vaso medio vacío. Y todo eso se suele presentar en nuestra cabeza con imágenes muy desagradables e incómodas que, aunque sean falsas las vivimos como verdaderas y nos hacen sufrir. Aunque sean solo posibilidades e interpretaciones de nuestra cabeza. Si reaccionas a esas posibilidades como si fueran verdaderas no habrá diferencia entre lo que imaginas y lo que es real porque tu respuesta emocional será la misma. Tus emociones no hacen diferencia entre lo que tu mente percibe y lo que imagina.