Aplanamiento afectivo: perdida de motivación e ilusión
Una de las características más frecuentes al padecer una ansiedad elevada es lo que podemos denominar un aplanamiento afectivo y es que ya no disfrutas como antes de las cosas que te gustan y te sientes como si las emociones estuvieran anestesiadas o dormidas. Junto a la ansiedad elevada y mantenida en el tiempo se suele producir un empobrecimiento o restricción de la expresión emocional y una tendencia a controlar o evitar emociones.
En general esto ocurre por el propio intento de evitar la ansiedad ya que se empieza a considerar las emociones intensas como algo peligroso que es mejor controlar. El miedo a desequilibrarse o a pasarlo mal hace que procuremos evitar y/o controlar lo que se siente. Por eso el resto de las emociones se aplanan y la ansiedad se transforma en casi lo único que sentimos.
Un exceso de control puede provocar los dos extremos: o que las emociones se descontrolen, o que se inhiban. Los dos, de un modo u otro, acaban aplanando la vida afectiva y haciéndonos perder motivación e ilusión.
La ilusión y el miedo podemos decir que, en general, son incompatibles.
Sentir que estás perdiendo la cabeza o volviéndote loco (Desrealización y despersonalización)
Este síntoma es algo que resulta muy perturbador cuando se experimenta y es muy frecuente cuando uno tiene ansiedad elevada durante un largo periodo de tiempo. Es la sensación de extrañeza ante la realidad o uno mismo; como si estuviéramos lejos de nosotros y nuestra propia experiencia. A veces está asociado a vivencias traumáticas y lo llamamos disociación, pero en general, si tienes ansiedad, suelen ser otras las causas.
Lo primero que debes saber, si lo has vivido, es que está relacionado con la ansiedad y que no supone ningún trastorno profundo ni que has perdido la cabeza. Es simplemente una reacción de emergencia.
Desde una perspectiva física la relación entre el córtex frontal y el sistema límbico nos lo explica:
La despersonalización es, en realidad, un mecanismo que tiene nuestro cerebro para poder gestionar una ansiedad o miedo muy extremos del que no puede escapar. Es como si la mente tuviera la posibilidad de apagar la emoción cuando se hallara en una situación irresoluble e inescapable.
Un ejemplo muy interesante que cuenta Aleksevich en su libro, es la reacción de los niños ante un bombardeo durante la segunda guerra mundial: Los primeros dos días, cuentan los que lo vivieron, estaban en un estado de terror escuchando las bombas caer por todas partes, pero llegaba un momento en que esa emoción desaparecía y ya no sentían nada, como si todo les diera igual.
En personas que lo viven con frecuencia esta experiencia se repite porque le genera tanto miedo el sentirlo (“me estoy volviendo loco”) que eso sube la ansiedad hasta volver a provocar que el sistema se apague.